sábado, diciembre 25, 2010

Que no se note

A veces te ilusionas en que no se note, tal vez esperas que pase el día y quieras describir un perfecto circulo, pero en verdad estás lejos de ello. Más bien, todo aquello en lo que se puede resumir tu vida, es los deseos incompletos, un montón de expectátivas inconclusas a las que se mira mira desde arriba. Ahora, es un momento poco palpable: al mismo tiempo deseas el final, pero también reniegas de él. En definitiva, el temor a lo que no conoces te sostiene en este mundo. Alguna vez, creyendo que aportas a que seamos mejores, con la fe en que puedas dejar una pequeña estela; otras veces es tu miedo a ir al siguiente estadio, el que desconocemos y tememos, el que que te ata a vivir. Siempre, sostienes tu máscara y piensas que puedes hacer que nadie note la soledad que en el fondo, siempre está contigo. Un par se dará cuenta de ello, pero la mayoría comerá, beberá y reirá con el resto del mundo. Sólo tú sentirás que la vida es tan breve y el amor una pequeña anécdota en tu peregrinar, que al final del camino pensarás: "por favor, que no se note todo lo que sentí por ti, porque la soledad de mi destino queda más allá del brillo de tus ojos, casi al borde del mar, donde el río va a desaguar y dice adiós a tus pupilas suaves y dulces. Es tu felicidad la que deseo, sin embargo, la mía queda en suspenso, a veces la reflejan tus ojos tranquilos, otras veces, es alguna otra cosa que no puedo definir, más bien, es algo semejante a el eco de la la luz de tu sonrisa". ¿Puedo ser feliz sin sujeción a ti? ¿Puedo ver un mundo donde tú no estés? La verdad es que no lo puedo imaginar, aunque la vida me demuestre lo contrario. Trataré de que no se note que de verdad me es imposible imaginar un mundo sin ti....

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martes, septiembre 28, 2010

Modesto III

El desayuno fue servido en silencio a penas unos minutos después del alba, Domitila se había levantado antes de que el sol terminara de asomarse y había revuelto las cenizas para prender fuego. Un pedazo de conejo, pan amasado y sopa de cebolla para Everaldo; para Modesto un plato de la misma sopa, un huevo cocido y una taza de café de trigo. En cuanto a María, la niña no despertaría sino después de una hora o más. Mientras servía a su marido e hijo, sorbía un mate con leche y azúcar y comía trozos de pan untados en una salsa de ají.

Afuera aún así frío y se sentía venir el otoño, aunque al mediodía estaría caluroso, pero ese día lunes Modesto estaría a esa hora en la escuela y no trabajando como si lo estaría haciendo Everaldo. En el campo de los Berrios se podía laborar bien, los patrones eran razonablemente amables e incluso dejaban que Modesto montara junto a los niños que vivían en la cazona o venían desde Santiago. Obviamente un muchacho grandote y fuerte tenía que llamar la atención de las niñas, incluso de las señoritas y el con un aire de torpeza distraída no se daba por enterado. Para él sólo existía su hermanita, a quien cuidaba y ensañaba todo lo que sabía. Pero él no sabía lo suficiente, sobre pájaros, campo, animales e incluso plantas, sí, sobre eso no tenía dudas ni que el Señor Flores sabía más que él. Claro que estaba lejos del abuelo o de su papá, pero aún así los niños Berrios lo miraban con la boca abierta cuando él manejaba caballos, cazaba o nadaba. Hablaba poco pero lo suficiente para que los niños de alrededor lo miraran con respeto; todos, salvo el chanchito. Pero a nadie podía importarle lo que pensaran el chanchito y el chilo, su padre.
- ¿Cuándo me dejará que la Mary vaya pa´ allá?- Modesto no necesitaba decir que era allá, los tres sabían que era la escuela.
- Las cabras no tienen pa que ir ahí- Dijo Everaldo, pero sin violencia ni de manera categórica, por lo que Modesto supo que podía seguir estirando la cuerda un poco más.
- La Mary no es como las otras cabras, es mi hermana.-
- Ya van en un mes de clases, no qudó fuera no más?- Intervino Domitila.
- Pero puede ir a escuchar mientras…..- Dijo Modesto despacio.
- Hum.- Dijo Everaldo. No volvió a hablar hasta que se despedió con un beso de su mujer y con una orden a su hijo.-
- Acuérdate de sacar a horearse los conejos antes de irte.
- Bueno.- Mientras lo veía salir se volvió a su madre y le dijo- La va a dejar, cierto?
- Sí. .-
Se levantó, tomó dos rebanadas de pan y las puso en una bolsa de cuero que el mismo había hecho, sacó los conejos y los colgó en cerca del fuego para que terminaran de secarse.
Reunió sus libros y sus cuadernos y echó una mirada a María que dormía aún en su cama: siempre la cuidaré, pensó.
Salió de la casa después de echarse el poncho encima y comenzó a caminar silbando una tonada, derribó una manzana con un palo desde el árbol que estaba a la salida del portón que marcaba el fin de la propiedad de su familia y se fue feliz por el camino que daba hacía el puente Arinco, donde estaba la escuela.

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lunes, septiembre 20, 2010

MODESTO II

La cerca tenía varios lugares débiles, había algunos alambres cortados y varios postes en el suelo. Los animales fácilmente podrían pasar al sembradío de lentejas, pensó Modesto, tendríamos cerdos bien gordos, pero no lentejas para el invierno. Mejor se ponía a arreglar la cerca, no tenía tiempo para cuidar que no entraran los cerdos y las ovejas, suficiente tenía ya con derribar queltehues con la escopeta de su papá a todas las mañanas antes de irse a la escuela. Las aves eran un buen alimento extra, aunque ese verano había cazado tantos que ya lo tenían medio hastiado.

Su hermanita lo miraba con atención mientras movía de un lado a otro uno de los postes medio podrido, tratando de aflojarlo. Finalmente el poste cedió, tomó el que había cortado de un árbol que crecía junto al río, agrandó un poco el hoyo que había dejado el viejo madero carcomido y puso en su lugar el nuevo. Su hermana le acercó un vaso de agua con harina tostada. Se lo tomó de un trago, se secó la frente y continuó.
Así estuvo hasta que comenzó a ponerse el sol. Al final del día miró el fruto de su trabajo y sonrío satisfecho, mientras la pequeña recogía el vaso, el jarrón de agua vacío y la bolsa con harina tostada.
Mientras reunía sus cosas, miró hacía la casa del vecino Elías y vio a éste apoyado en el pozo que estaba frente a su casa. Miraba hacía donde estaba él y su hermana. No era la primera vez que lo veía apoyado ahí, con la vista fija y desviando la mirada cuando se daba cuenta que el fuerte muchacho clavaba en el sus ojos. A Modesto no le gustaba Elías. Odiaba su amabilidad empalagosa, su cortesía que sabía fingida y no le daba buena espina el que su mujer le hiciera tanto el quite. Nunca había visto un gesto de cariño entre ellos, pero tampoco una pelea. Era común que los hombres trataran a gritos y a menudo a golpes a sus mujeres, Modesto veía esto último como una manifestación de interés de parte del marido, pero esa fría indeferencia le causaba curiosidad y al mismo tiempo repulsión.
Los vecinos tenían un solo hijo, otra cosa extraña entre gente de campo. El niño era flaco, huesudo, pero firme. De ojos pequeños y algo bizco. El muchacho se entretenía golpeando a sus perros, destrozando pequeños lagartos y cazando aves con una honda o a pedradas. Pedrito el Chanchito como le decían en la escuelita por su falta de aseo, era un ser desagradable que se lo pasaba vagando y que no perdía ocasión de aprovecharse de quien pudiera. A penas hacía caso a su madre y acostumbraba a esperar a Elías en el pozo cuando éste iba de peón.
Modesto tomó sus cosas y empujó a su hermana hacía la casa, se sentó a la orilla del fuego a esperar la cena, mientras con un pequeño cuchillo daba forma a una cuchara de madera.
Se entretenía tallando madera, la cocina estaba poblada de sus utensilios, pequeños yugos, tenedores e incluso cuencos para uso de su madre.
La vida en la casa de la loma transcurría lenta y con pocos sobresaltos; una que otra borrachera de su padre, peleas pequeñas, algunos platos volando, pero nada grave. Modesto había ido a la escuela de forma más o menos continúa y deseaba más que nada en el mundo termina al menos los cursos básicos en la escuela rural. Había aprendido tanto con el profesor Flores y quería que su hermanita también experimentara ese placer.
En esos años la niñas apenas sabían leer y Flor María no sería la excepción, a menos que él convenciera a su papá y mamá de que le confiaran a la niña. Cuando Modesto se sentaba a leer o hacer tareas en la pequeña mesa de la cocina y la niña lo miraba con atención mientras el lápiz vagaba con lentitud sobre las amarillentas hojas.
- No me gusta el Chilo Elías- Soltó Modesto de pronto.
- No le digaí así al vecino-. Lo contestó su mamá, sin levantar los ojos desde la batea donde amasaba el pan.
- El Chilo-dijo Modesto con algo de rebeldía- mira mucho pa´ca.-
- Ideas tuyas, el vecino ni siquiera nos habla.-
Modesto no volvió a hablar, pero si lo hubiera hecho, habría dicho que eso tampoco le daba buena espina, que mirara y no dijera nada lo inquietaba, no sabía muy bien por que, pero no tardaría en descubrirlo.

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martes, mayo 11, 2010

Modesto I


Los últimos dos meses fueron duros para Modesto Garrido, el hijo de Domitila y Everaldo; su madre entró en la fase final de su embarazo, el que no había sido nada fácil. Nunca lo era para una mujer de ya treinta años. La matrona de la posta de Nilahue le había dicho que era una irresponsable por tener un hijo tan vieja y que por qué no se había puesto la T después de tener Ricardo. Domitila no dijo nada, pero tampoco volvió a la posta y cuando sintió que el niño ya venía, mandó a Modesto corriendo donde la Sra. Sara, la comadrona en la que nunca debería haber dejado de confiar. Obviamente quien tuvo que ir corriendo donde esta señora que vivía a dos cerros de distancia. Subió el primero, el que por fortuna estaba tapizado de vides. Las uvas estaban maduras y un par de racimos logró arrancar para calmar la sed que le provocaba el calor del mediodía. Gracias a este pequeño refrigerio la bajada de ese cerro y la subida del siguiente se le hicieron livianos.

Al fin bajó el segundo cerro y pasó la cerca que rodeaba la casa de la comadrona, donde lo recibieron con ladridos los perros. Llamó a gritos, la vieja que a tantos niños había recibido asomó su blanca y arrugada cabeza, le hizo una seña de que esperara; Modesto esperó. Cinco minutos después la Sra. Sara apareció con un pequeño canasto en un brazo y un bastón en la mano del otro brazo. Salieron acompañados de un perro chico y lanudo.
Una hora más tarde la Sra. Sara entró a la casa de los Garrido y comenzó a mandar como sólo las mujeres de carácter saber hacerlo: Everaldo se vio hirviendo agua, Modesto lavando un lavatorio grande y secando sabanas blancas en el fogón. Ricardito miraba con cara de asustado como su madre lucía pálida y jadeante, hasta que no aguantó más y salió a esconderse al establo de las ovejas.
Al fin Domitila alumbró y su temor más grande se hizo realidad: era una niña. No es que no deseara a alguien que pusiera un toque más delicado en una casa llena de hombres que sólo se interesaban en cazar, comer y tomar, pero tener una niña era vigilarla siempre y estar atenta tanto de vecinos como de familiares; ella misma lo había experimentado, una borrachera de algún de cercano de la familia o de un propio familiar, sumado a algún descuido terminarían con la inocencia de su Flor María.
Mientras la tenía en sus brazos no podía parar de llorar, mientras Everaldo la miraba confuso y la comadrona se encogía de hombros. Modesto apoyado en el umbral de la habitación de sus padres trataba de entender por qué su madre no se veía feliz, como se suponía debía estarlo. Entonces ella lo miró con ojos suplicantes y le dijo con todo el sentimiento que una madre pone para con sus hijos:
- Cuídala hijo, cuídala con tu vida.

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viernes, abril 23, 2010

Libros del mes

Después de abandonar el blog por una cantidad enorme de tiempo, retomo este espacio y lo hago para comentar algunos libros que he leído en el último mes, gracias al patrocinio de una infección que me ha tenido enfermo primero en el hospital y luego en mi casa. Aquí vamos.
1.- Páginas excluidas, Manuel Rojas: Extraordinaria recopilación de textos autobiográficos, cuentos, crónicas y ensayos de notable narrador chileno, quizá el mejor de este género que ha dado nuestro país. Lo más destacado del texto es el ensayo titulado "Sobre mi experiencia literaria", en la que expone algunas de sus ideas acerca de la profesión de escritor, sobre la manera en que se hizo escritor y algunas de las claves de sus más destacadas obras, como "Hijo de Ladrón" o "Punta de rieles". La explicación acerca de cómo elaboró esta última novela en sencillamente estupenda. Libro enteramente recomendable.
2.- Las Zarinas, Henri Troyat: Buen relato que aborda el perfil de varias zarinas que reinaron entre la muerte de Pedro el Grande (1725) y el ascenso de Catalina II la Grande (1761). Como todo buen libro histórico presenta una interesante tesis acerca del por qué se dio un continúo de reinados femeninos en este periodo en un país tan tradicional como la Rusia Zarista.
3.- Ángeles y Demonios, Dan Braun: Libro con cierto fondo histórico, como todos los de este autor, pero con enormes carencias en este aspecto, ya que sacrifica cualquier exactitud en post del drama y la conspiración global de los poderes ocultos tras la religión y los grupos místicos. Ahora, cuando se lee es imposible dejarlo (me lo terminé en una tarde), ya que el autor tiene el gran mérito de hacer el texto ágil y fluido. Después de terminado uno lo medita un poco y llega a la conclusión de que se ha comido una hamburguesa. Nada nutritivo, sí muy entretenido.
4.- Un caso de Conciencia, James Blish: Un libro bastante extraño, incluso para ser ciencia ficción. Una misión a un planeta a 50 años luz de distancia, nos muestra un mundo extraño, desarrollado casi idilicamente, pero que a la vez plantea diversos dilemas éticos y teológicos para un sacerdote jesuita y biólogo que junto a otros tres hombres componen la misión. Lo habitantes del planeta, llamado Litinia, son reptiles estrictamente racionales, buenos y materialistas, lo que plantea dudas al jesuita respecto a su cabida o exclusión en el plan de Dios. La conclusión y las reflexiones del jesuita son muy interesante e inquietantes. El libro transcurre en su primera parte de Litinia y en su segunda parte en una tierra claustrofóbica al estilo de las "Bóvedas de Acero", en las que un reptil traído por el cura al planeta será el catalizador de la agitación social latente. Buen libro, que incluye una extraordinaria lección de biología, química, geología y física bastante amena. Recomendable 100%.
Fuera de esta reseña queda "Quo Vadis" de Henryk Sinkiewicz, ya que lo terminé durante el mes de febrero.

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viernes, octubre 31, 2008

Adiós (segunda manera de despedirse)


La mañana era radiante, como varias desde que comenzó la primavera. No había viento frío, pero tampoco hacía demasiado calor, era por lo tanto un día ideal. La casa de Juan estaba en el centro de un suburbio como tantos otros de la gran ciudad. Era uno de esos barrios de jóvenes profesionales, con mucho matrimonios treintones e hijos de menos de 10 años. Desde la ventana Juan podía ver una plaza, donde los jóvenes padres paseaban orgullosos a sus pequeños. Él antes acostumbraba acercarse a esa ventana, tomaba un café y sonreía viendo a los chiquillos jugar. Ahora rara vez miraba por la ventana, casi siempre llegaba de noche , cansado y sin ganas de nada. El café había sido reemplazado por una copa de vino o de whisky y hace meses que se había olvidado de sonreír.


El teléfono sonó por 10 vez en el día y como siempre desde hace semanas, pero Juan no contestó y como desde hace un par de días ni siquiera lo miró. El único teléfono que contestaba era el celular, porque sabía quien llamaba y sólo le interesaba contestarle a la corredora. Vender esa casa, no quería más que eso. Miró alrededor, ya no quedaban muebles, ahora ni siquiera la cama. Era lo último que se habían llevado, no quedaba más que una botella en el suelo. La levanto, se tomó de un trago lo que quedaba y la lanzó a la basura. Tomó un bolso donde había guardado unas pocas cosas y salió de la casa. Cerró con llave y comenzó a caminar. Sin embargo no alcanzó a llegar a la esquina cuando vio a Lía en la esquina. Era lo último en la vida que quería ver, pero tampoco lo sorprendió mucho, sólo le dio una sensación de tristeza infinita. Sabía que era ella quien había estado llamando, así que era probable que un día viniese. De todas formas esa visión le espantó la incipiente borrachera que le golpeaba la cabeza.

Como era inevitable, siguió caminando hacía la esquina donde le esperaba, hasta que quedó plantado frente ella.

-Por qué no contestas mis llamadas? - Juan la miró a los ojos, abrió la boca indeciso, pero no dijo nada.-

- La verdad no sabía que decirte. Somos amigos hace años, y no tenía ganas de hacerte pasar un mal rato.


- Estás pasado a trago, pensaba que habíamos conversado de que te hace mal. No entiendo para qué te haces daño.


- Ves, esto era lo que quería evitar. Me da tristeza todo este asunto y que te pongas a llorar.


- Eres un cobarde, ni siquiera me das la cara. Me dices que me quieres y un montón de cosas y ahora te escapas como un vulgar ratero.


Suspiro un momento, trató de recordar en que contexto había dicho lo que había dicho. Parece que estaba algo triste, se había tomado un trago y había dicho cosas que no debía haber dicho. Estaba triste y de malas. Sabía que no podía comprometerse y que por ello prefería seguir solo. Que lo que le había dicho aquel tipo lo había desarmado y que más encima Pamela no aparecía. Y luego estuvo ahí Lea, con su sonrisa, Lea con su chispa y él con un poco de pimienta se había convencido de que sí, pero luego se pasó el efecto y supo que todo era un desastre de nuevo. La casa debía venderse y él debía volar al norte ante de que terminara de matarse por las noticias del imbécil aquél y por Pamela que no ayudaba, pero a la que no se sacaba de la cabeza. Y ahora estaba Lea y Lea era leal, que juego de palabras, y buena mujer. Si supiera las noticias que le habían dado y por qué Pamela se había ido para no volver.


- Pamela se fue, el imbécil del que tú no sabes me dijo algo que me obliga a irme al norte, todo es un desastre y traté de consolarme contigo tras un par de tragos. Esa es la verdad, ahora hasta yo no me soporto, así que es mejor que me odies de una y te vayas, ahora todo suena feo, pero a la larga agradecerás haberte escapado de mi.


- No a la larga, sino que ahora. Eres lo peor. Te autocompadeces y me utilizaste. Lo peor es que aún te quiero, pero tengo suficiente sesos para no quedarme contigo.


Se dio vuelta. Ahora Juan sabía que no la volvería a ver, pero quedaba tan poco, que eso tampoco importaba mucho. El imbécil, que era un médico, se lo había dicho, debía viajar lo antes posible, porque quedaba poco tiempo. Quizá alcanzara la cura y podría volver, aunque era difícil que lo lograra y que de hacerlo lo aceptaran de vuelta.

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lunes, octubre 27, 2008

Adiós (una de las maneras de despedirse)


No me acuerdo mucho de la última comida en el puerto, la verdad estaba preocupado de otras cosas, estaba nublado y parecía que iba a llover de un momento a otro. Por eso es que me daba lo mismo lo que iba a comer; me parece que finalmente fueron fideos con alguna salsa. Luego de ese almuerzo, para el que me tomé bastante tiempo, de eso si me acuerdo, me fui caminando por toda la costanera, llena de árboles y con el mar al lado. Nuevamente me quedé escuchando en una banca, la canción que me daba vueltas desde hace noches: More than this, there is nothing (más que esto, no hay nada más).


Había que tomar un respiro, para pensar en lo que tenía que decir. En realidad era algo que me tomaría poco tiempo, una vez que tomara el valor necesario. Apagué el reproductor y me quedé pensando un momento, me lavanté y seguí caminando. Sentí una pequeña punzada en el costado, no fue más que un segundo, pero me inquietó, no porque fuera gran cosa, sino porque no quería que demostrar nada al llegar el momento del adiós.

Seguí andando hasta el bar donde habíamos quedado con Laura, era al final de la Avenida del Mar, a un costado de la plaza 11 de octubre. Entré y me senté donde siempre; pedí una cerveza negra y algo de maní salado. Miré hacía la puerta por cerca de diez minutos sólo vi el vacio, hasta que apareció ella. Nunca me había dolido tanto verla, ahí en el umbral, mirándome con su eterna sonrisa, aunque hoy veía una sombra de duda en sus ojos.

Se sentó, pidió lo mismo que yo, mientras yo acababa mi cerveza de un sólo trago. Hablamos del día, de las nubes y del mar, hasta que me quedé en silencio por un minuto. No era problema de valor, sino de dolor. Sabía que era mi última vez frente a ella.

- Lo que tengo que decir es corto de decir, pero nunca me había costado tanto, no porque no sepa que es lo que tengo que hacer, sino porque después de eso, no hay nada más, nunca he pensado en un mundo sin ti. No puedo volver a verte, porque me causa un dolor no sólo del alma, sino que también en mi cuerpo. No soy un hombre completo. Como ves, hay cosas que ni el amor puede arreglar.

Por supuesto ella lloró y dijo algunas palabras obvias en estos casos. Le dije:

- Lo siento, yo pago.

Me lavanté y salí. Afuera había comenzado a llover, no traía paraguas, pero eso ya tampoco importaba mucho. Miré una vez hacía el cielo y me perdí en la oscuridad.

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sábado, septiembre 27, 2008

Tercer Intento


"Pues hemos llegado a este lugar por diférentes caminos.

No tengo la sensación de que nos hayamos conocido antes, de déja Vú.

No creo que fueras tú, vestida de azul lavanda, quien estaba a orillas del mar, cuando yo pasaba cabalgando en el año 1206,

O cabalgando a mi lado en las guerras fronterizas, o allá en las Gallatin, hace cien años, tumbada junto a mí en la hierba de un verde plateado, sobre un pueblo de montaña.

Lo sé por la naturalidad con la que vistes ropa lujosa y por cómo mueves la boca cuando te diri¬ges al camarero en los buenos restaurantes.

Tú provienes de los castillos Y' de las catedrales, de la elegancia y del imperio."

Robert James Waller


Mañana a esta misma hora, esteré en el fondo de una antigua casa, tratando de derribar un par de paredes que me separan de un pasado del que no tengo ningún recuerdo.


De mi niñez sé casi nada, sólo un par de veces paseando en un parque vacío, tomado de la mano de mi mamá. Lo demás está bastante confuso, me dicen que era hijo único, que me había criado sin mi papá y que había estudiado ingeniería. También escuché que se suponía que estaba casado, que tenía un par de hermanos y no tenía hijos. Se supone que la casa, en cuyo fondo hay un cuarto grande, como para poner un estudio, era la casa que había comprado para vivir con mi familia, pero tampoco de eso recuerdo gran cosa.


La noche antes de volver a la casa grande, dormí poco y soñé mucho. A veces, era una playa, otras un techo y alguna otra cosa que se deformaba a penas despertaba. Al fin se hizo de día y me levanté para ir a tratar de recuperar algo que no sentía que extrañara demasiado. De todas formas la mirada de mi mamá me decía que tenía que hacerlo, así que salí temprano rumbo al barrio norte.

Mientras entraba a la casa donde se suponía vería parte de mi pasado, trataba de poner atención a lo que me iba diciendo la mujer que iba a mi lado, que según había escuchado era mi esposa, pero a medida de que ella hablaba más extraño me parecía el hecho de que estuviera casado con ella. La miraba a los ojos y en el fondo de sus pupilas no leía mucho más que la desesperación de esta extraña situación. No veía recuerdos felices, ni un amor perdido, tampoco la ternura de un reencuentro. Traté de no decir nada. Creo que era injusto juzgarla, más aún si se considera que no recordaba conocerla. Talvez habría que pensar en un nuevo inicio y conocernos de nuevo, pero me costaba verla, sus palabras me sonaban como ruido y a veces hasta me dolía la cabeza cuando me hablaba. Lo que sí podía ver en su mirada, era la pena que le causaba mi confusión.

Siempre se espera que el amor se sobreponga a todo y que uno lleve guardado en el corazón a los que más queremos. Se supone que hay sentimientos que son invulnerables al tiempo e incluso a la muerte y sin embargo ahora estoy parado en el fondo de esa casa apretando mi puño con impotencia.

Después de mi visita a la casa grande, me devolví a la de mi mamá. Me fui sólo pensando en que no sentía nada, aunque había comenzado a recordar: Recuerdo que estaba en el fondo de la casa, la habíamos comprado recién. Yo era un ingeniero eléctrico y tenía mucho éxito; buen trabajo y todo me había salido siempre bien. Habíamos comprado esa casa, pero sabía que necesitaba muchos arreglos, entre ellos una nueva instalación eléctrica. Ese arreglo fue el que encargué primero, antes de mudarnos y ahora que ya nos estábamos instalando, yo miraba el cielo raso, revisando si todo había quedado en orden. Prendí la luz del cuarto del fondo y no funcionaba, la probé de nuevo y me di cuenta de que se encendía la luz de el cuarto del lado. Así que tome una silla y abrí un pequeño acceso que tenía el entretecho y me dispuse a revisar la instalación yo mismo. Pero acababa de llegar de mi trabajo y estaba con zapatos de vestir, así que cuando quise pasar de la silla al entretecho, me resbalé y caí pesadamente al suelo. Después de eso no recuerdo más.
Había encontrado mi recuerdo, pero nada de lo que se suponía debía sentir. Miré nuevamente hacía atrás y pensé que todo se había perdido.


De vuelta en casa, en el cuarto que había ocupado por un par de semanas, me quedé tendido, cerré los ojos y soñé. Estaba a orillas del mar preparando mi bote. Había mandado a alguien a tirar las redes, para recogerlas al otro día, sin embargo me avisaron que habían quedado mal puestas y debía ir a arreglarlas. Tomé un bulto con carnada, por si necitaba tirar las redes de nuevo y lo puse en el bote. No me cambié los zapatos, porque pensaba que no iba a demorar. Mientras una mujer me miraba con un chiquillo en brazos, yo comenzaba a empujar el bote hacía mar, salté adentro y comencé a remar. Volví mi cara hacía la playa y le hice un gesto de despedida a la mujer y en especial al niño, quien también levantaba su manito. Me adentré hacía el vasto océano y luego de algún rato, sin darme cuenta, me enrede con los zapatos y caí al agua y no volví a salir. Mientras descendía hacía la muerte, lo último que recordaba era al niño en brazos de la mujer y como levantaba su manito. Desperté mirando el techo.

Salí de la cama, me bañé, vestí y salí con rumbo a la casa grande. Sabía que ahi estaría la mujer que era mi esposa y también que luego llegaría un niño. Así fue, ella estaba ahí, sentada, con una mano en el vientre. Entré, la miré un momento y me fui al cuarto del fondo. Tomé la misma silla, la acerqué a la apertura del techo; ahora llevaba zapatillas, así que pude saltar fácilmente. Tenía que terminar lo que antes había intentado a lo menos dos veces.


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viernes, agosto 29, 2008

Por qué me fui II


De la feria a la casa de Flor hay sólo un par de pasos.

Caminé sin prisa, pensando en como reuniría mis cosas, en la nota para mamá (no creo que fuese a llorar, ella nunca lloraba), en Graciela y en un par de amigos. No pensé en Flor, ella siempre había sido buena vecina y Daniel siempre ha sido un buen tipo, por eso no me preocupaba. Aunque a veces me sentía incomodo con ella.

Cuando comencé a ir a su casa (Daniel, el marido, era compañero de la nocturna), hablé con ella, realmente lo hice. Le pregunté como estaba, que había hecho en el día y en que pensaba de esto o de aquello. Ella me miraba con un extraño brillo en los ojos como si estuviese a punto de llorar. Después de dos o tres diálogos parecidos, opté por no ir a su casa, a menos que estuviese Daniel.

Respecto a Graciela, pensé en ella mucho más que en nadie. Por aquel tiempo estaba enamorado, de hecho, era lo único que me había hecho dudar sobre irme. Pero ese día había considerado que debía buscar mejor suerte: "Volveré por ella, cuando sea otro. Cuando ella se sienta orgullosa de mi". Lo pensé de verdad, o al menos eso creía. Obviamente jamás volví, a estas alturas ya no tiene sentido preguntarme si le mentí cuando hice esa promesa o bien cambie tanto en el camino que en realidad cumplir mi palabra ya no tenía objeto. No dudo que era una buena mujer, hubiéramos sido felices juntos. Ella debe ser una buena esposa, no lo dudo, de hecho mamá me lo confirmó.

Volviendo a ese día, entré a casa de Flor, el pescado estaba listo y estaba acompañado de la forma que más me gusta, con ensalada de tomate. Flor agregó también varias rebanadas de pan amasado. Me senté a la mesa, di las gracias educadamente y comencé a comer. Tenía más hambre que nunca, así que casi no hablé mientras comía. La miré de reojo, parecía estar contenta.

-Muchas gracias, le quedó muy rico todo.

-¿Por qué me tratas de ud.? ¿Tan vieja soy?

-No, es que me parece lo más correcto. Pero no se preocupe por eso, no tendrá que enojarse más, porque hoy me voy para el norte.

Ella me quedó mirando un segundo y luego se giro hacía el lavaplatos.

-¿Por qué te vas?- Me pregunto dándome la espalda-.

-Ud. sabe, acá no hay mucho más que pueda hacer. Le agradezco por todo, se han portado muy bien conmigo. Salude a Daniel, no creo que alcance a despedirme de él. Ha sido un gran amigo y es un muy buen hombre.

- Bueno. Lo saludaré. Tú, ¿me vendrás a ver? ¿Me echaras de menos?

-Sí, los echaré mucho de menos.

-Si claro, nos echaras de menos. Lleva un pan para el viaje.

-Gracias, espero no haber molestado. Adiós.

No supe nada más de ella y su marido. Pero supongo que ya me olvidó. Siempre todo se olvida.

Subí hasta mi casa. Tomé un bolso no muy grande, guardé mis cosas, no muchas, pero si me llevé los libros verdes, me había costado mucho juntarlos, así que no los iba a abandonar. Escribí la nota para mamá, tomé el bolso y salí de la casa.

Bajé donde Graciela, hablamos, prometimos, creímos y lloramos. Luego me fui al terminal y de eso han pasado diez años.

Hoy volví a mirar el mar donde crecí y la playa donde trabajé por tantos años. Evoqué recuerdos, amigos y a Graciela. En un segundo se me inundaron los ojos de lágrimas. Pero cuando reflexioné, descubrí que era la sensibilidad de mi actual pérdida y en la pena que ahora siento no tenía mucho que ver con recuerdos del pasado. Flor, Graciela, Daniel, la feria y la playa eran parte de un nebuloso ayer, no son más que recuerdos, no hay un solo sentimiento vivo de aquéllos días. Eso me puso un poco triste. Pero también me dio cierto alivio el saber que la decepción que me llevó a este inútil viaje de rencuentros moriría, al cabo de un tiempo olvidaría todo. El dolor de hoy, sería archivado junto a otras tantas viejas fotos.

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jueves, agosto 21, 2008

Por qué me fui I

Caminaba por la costanera y miraba como volaban las gaviotas sobre el agua. Era un día gris, las nubes gruesas amenazaban con terminar mi paseo en cualquier momento, pero no iba a apurar mi visita a la playa por un detalle como ese. Había comido bien, en un restaurante agradable que conocí en otra época. Me quedé mirando la arena, estaba bastante limpia para ser invierno, no se veían las tradicionales bolsas volando por el viento, ni la basura desparramada por todos lados.
Generalmente en playas turísticas en etapa no estival, no limpian demasiado. Extrañamente había un pequeño carrito que vendía pan amasado y café. Pedí uno bien cargado y busqué una banco para disfrutar del momento. Hace tanto tiempo que no estaba frente a ese mar, que no sentía el sabor de la sal en mi boca y que no miraba la isla que se dibujaba en el horizonte, que sentí como se me inundaban los ojos, pero me resistí a llorar. El café mezclado con la melancolía, tuvo un sabor amargo, eran muchos los recuerdos que se me venían a la cabeza y no sabía por donde empezar. El último invierno en el que estuve en esa playa, trabajaba vendiendo pescado que traía Miguel en su bote, lo sacaba en un canasto y lo llevaba a un mostrador, donde con una habilidad ya perdida, limpiaba congrios, merluzas y pejerreyes. Vendía rápidamente lo que compraba a Miguelito, aseaba mi puesto, cargaba la tarima y la guardaba en la bodega de don Germán, que tenía una casa cerca de la playa. Guardaba un par de pescados, los ponía en una bolsa y me iba a casa de Flor.

Subía el cerro rápido, pero una vez que llegaba a la casa, me quedaba dando vueltas ante la puerta. Me daba vergüenza pedir que me ayudaran a cocinar, porque en la casa no había nadie. Talvez podría hacer fuego en la casa y hacer de comer allá, pero comer solo me daba pena. Al final siempre entraba y me quedaba pegado en el dintel de la puerta de la cocina, con mis ojos fijos en mis zapatos. Florcita me sentía llegar, se giraba y mientras se reía, alargaba su brazo, como señal de que le pasara la bolsa.
- Hágame dos no más, los otros dos son para ud. y su marido- Decía yo.
- ¿Tu mamá no ha vuelto del campo? Mirando hacía el fuego, tratando de ser inexpresivo contestaba- Supongo que llega mañana, para ir a la feria el viernes-.
-Ah. Bueno siéntate a descansar mientras te frío los pescados.
- No se preocupe, voy a la feria, antes que la levanten.
-Bueno, anda no más.
Salí caminé un par de calles y encontré el puesto que buscaba. Eran libros, esos verdes, la Historia Universal de Carl Grimberg, los que a mi me gustaban. Todas las semanas compraba al menos un tomo. Esa semana compré el tomo 30, me senté en la vereda, me compre un café y me puse a leer un rato. Algunos me miraban con cara rara, otros me saludaban, porque me conocían de la playa.
Me dolían un poco las rodillas y las manos se me partían con el frío. Me miré la yema de los dedos y suspiré recordando lo que tenía que hacer: Limpiar la casa, pagarle a Miguel, pagar lo fiado donde "la Pulpa" y después me tenía que ir a la escuela nocturna.
En ese momento supe que tenía que irme de esa ciudad.

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