domingo, enero 11, 2009

Un hogar

Un amigo me aconsejó escribir de manera automática, es decir sin pensar demasiado en lo que escribo. Bueno aquí vamos.

ex compañero de la Universidad, donde llegué mientras esperaba a que se desocupara un departamento que se suponía que me entregarían en el mes de agosto. La cosa se fue estirando por varios meses hasta el pasado día domingo cuando me avisaron que había desocupado el departamento finalmente y que estaba disponible para mi.

Pero ya no me quiero ir porque me encuentro bien acá. La familia de mi amigo es simpática y agradable, la casa cómoda y me queda a buena distancia de mi trabajo y además el precio que pago es conveniente.

Sin embargo aún estoy acá en esta casa.

¿Qué pasó?

Bueno, que ayer se recibió una oferta por el departamento. Además la dueña de casa deslizo que que creía que yo aún no estaba en una situación firme para irme a vivir solo. Así que después de todo parece que me quedo por un tiempo más acá.

Eso me hace bastante feliz, odiaba el hecho de tener que irme de acá y adaptarme de nuevo a otro lugar cuando a penas me había adaptado a este hogar. Espero llegar a disfrutar un poco de mi vida en esta casa, antes de emprender un nuevo rumbo. La verdad es que en los últimos años he cambiado tanto de hogar que apenas le he tomado el gusto a la vida en familia.

Sin embargo sé que apenas esté en mejor situación debo irme de acá, ya que necesito crear mi propio espacio. Además no quiero que me tenga que ir, sino que quiero decidir irme. Ustedes creo que saben a lo que me refiero.

Read More...

viernes, octubre 31, 2008

Adiós (segunda manera de despedirse)


La mañana era radiante, como varias desde que comenzó la primavera. No había viento frío, pero tampoco hacía demasiado calor, era por lo tanto un día ideal. La casa de Juan estaba en el centro de un suburbio como tantos otros de la gran ciudad. Era uno de esos barrios de jóvenes profesionales, con mucho matrimonios treintones e hijos de menos de 10 años. Desde la ventana Juan podía ver una plaza, donde los jóvenes padres paseaban orgullosos a sus pequeños. Él antes acostumbraba acercarse a esa ventana, tomaba un café y sonreía viendo a los chiquillos jugar. Ahora rara vez miraba por la ventana, casi siempre llegaba de noche , cansado y sin ganas de nada. El café había sido reemplazado por una copa de vino o de whisky y hace meses que se había olvidado de sonreír.


El teléfono sonó por 10 vez en el día y como siempre desde hace semanas, pero Juan no contestó y como desde hace un par de días ni siquiera lo miró. El único teléfono que contestaba era el celular, porque sabía quien llamaba y sólo le interesaba contestarle a la corredora. Vender esa casa, no quería más que eso. Miró alrededor, ya no quedaban muebles, ahora ni siquiera la cama. Era lo último que se habían llevado, no quedaba más que una botella en el suelo. La levanto, se tomó de un trago lo que quedaba y la lanzó a la basura. Tomó un bolso donde había guardado unas pocas cosas y salió de la casa. Cerró con llave y comenzó a caminar. Sin embargo no alcanzó a llegar a la esquina cuando vio a Lía en la esquina. Era lo último en la vida que quería ver, pero tampoco lo sorprendió mucho, sólo le dio una sensación de tristeza infinita. Sabía que era ella quien había estado llamando, así que era probable que un día viniese. De todas formas esa visión le espantó la incipiente borrachera que le golpeaba la cabeza.

Como era inevitable, siguió caminando hacía la esquina donde le esperaba, hasta que quedó plantado frente ella.

-Por qué no contestas mis llamadas? - Juan la miró a los ojos, abrió la boca indeciso, pero no dijo nada.-

- La verdad no sabía que decirte. Somos amigos hace años, y no tenía ganas de hacerte pasar un mal rato.


- Estás pasado a trago, pensaba que habíamos conversado de que te hace mal. No entiendo para qué te haces daño.


- Ves, esto era lo que quería evitar. Me da tristeza todo este asunto y que te pongas a llorar.


- Eres un cobarde, ni siquiera me das la cara. Me dices que me quieres y un montón de cosas y ahora te escapas como un vulgar ratero.


Suspiro un momento, trató de recordar en que contexto había dicho lo que había dicho. Parece que estaba algo triste, se había tomado un trago y había dicho cosas que no debía haber dicho. Estaba triste y de malas. Sabía que no podía comprometerse y que por ello prefería seguir solo. Que lo que le había dicho aquel tipo lo había desarmado y que más encima Pamela no aparecía. Y luego estuvo ahí Lea, con su sonrisa, Lea con su chispa y él con un poco de pimienta se había convencido de que sí, pero luego se pasó el efecto y supo que todo era un desastre de nuevo. La casa debía venderse y él debía volar al norte ante de que terminara de matarse por las noticias del imbécil aquél y por Pamela que no ayudaba, pero a la que no se sacaba de la cabeza. Y ahora estaba Lea y Lea era leal, que juego de palabras, y buena mujer. Si supiera las noticias que le habían dado y por qué Pamela se había ido para no volver.


- Pamela se fue, el imbécil del que tú no sabes me dijo algo que me obliga a irme al norte, todo es un desastre y traté de consolarme contigo tras un par de tragos. Esa es la verdad, ahora hasta yo no me soporto, así que es mejor que me odies de una y te vayas, ahora todo suena feo, pero a la larga agradecerás haberte escapado de mi.


- No a la larga, sino que ahora. Eres lo peor. Te autocompadeces y me utilizaste. Lo peor es que aún te quiero, pero tengo suficiente sesos para no quedarme contigo.


Se dio vuelta. Ahora Juan sabía que no la volvería a ver, pero quedaba tan poco, que eso tampoco importaba mucho. El imbécil, que era un médico, se lo había dicho, debía viajar lo antes posible, porque quedaba poco tiempo. Quizá alcanzara la cura y podría volver, aunque era difícil que lo lograra y que de hacerlo lo aceptaran de vuelta.

Read More...

lunes, octubre 27, 2008

Adiós (una de las maneras de despedirse)


No me acuerdo mucho de la última comida en el puerto, la verdad estaba preocupado de otras cosas, estaba nublado y parecía que iba a llover de un momento a otro. Por eso es que me daba lo mismo lo que iba a comer; me parece que finalmente fueron fideos con alguna salsa. Luego de ese almuerzo, para el que me tomé bastante tiempo, de eso si me acuerdo, me fui caminando por toda la costanera, llena de árboles y con el mar al lado. Nuevamente me quedé escuchando en una banca, la canción que me daba vueltas desde hace noches: More than this, there is nothing (más que esto, no hay nada más).


Había que tomar un respiro, para pensar en lo que tenía que decir. En realidad era algo que me tomaría poco tiempo, una vez que tomara el valor necesario. Apagué el reproductor y me quedé pensando un momento, me lavanté y seguí caminando. Sentí una pequeña punzada en el costado, no fue más que un segundo, pero me inquietó, no porque fuera gran cosa, sino porque no quería que demostrar nada al llegar el momento del adiós.

Seguí andando hasta el bar donde habíamos quedado con Laura, era al final de la Avenida del Mar, a un costado de la plaza 11 de octubre. Entré y me senté donde siempre; pedí una cerveza negra y algo de maní salado. Miré hacía la puerta por cerca de diez minutos sólo vi el vacio, hasta que apareció ella. Nunca me había dolido tanto verla, ahí en el umbral, mirándome con su eterna sonrisa, aunque hoy veía una sombra de duda en sus ojos.

Se sentó, pidió lo mismo que yo, mientras yo acababa mi cerveza de un sólo trago. Hablamos del día, de las nubes y del mar, hasta que me quedé en silencio por un minuto. No era problema de valor, sino de dolor. Sabía que era mi última vez frente a ella.

- Lo que tengo que decir es corto de decir, pero nunca me había costado tanto, no porque no sepa que es lo que tengo que hacer, sino porque después de eso, no hay nada más, nunca he pensado en un mundo sin ti. No puedo volver a verte, porque me causa un dolor no sólo del alma, sino que también en mi cuerpo. No soy un hombre completo. Como ves, hay cosas que ni el amor puede arreglar.

Por supuesto ella lloró y dijo algunas palabras obvias en estos casos. Le dije:

- Lo siento, yo pago.

Me lavanté y salí. Afuera había comenzado a llover, no traía paraguas, pero eso ya tampoco importaba mucho. Miré una vez hacía el cielo y me perdí en la oscuridad.

Read More...

sábado, septiembre 27, 2008

Tercer Intento


"Pues hemos llegado a este lugar por diférentes caminos.

No tengo la sensación de que nos hayamos conocido antes, de déja Vú.

No creo que fueras tú, vestida de azul lavanda, quien estaba a orillas del mar, cuando yo pasaba cabalgando en el año 1206,

O cabalgando a mi lado en las guerras fronterizas, o allá en las Gallatin, hace cien años, tumbada junto a mí en la hierba de un verde plateado, sobre un pueblo de montaña.

Lo sé por la naturalidad con la que vistes ropa lujosa y por cómo mueves la boca cuando te diri¬ges al camarero en los buenos restaurantes.

Tú provienes de los castillos Y' de las catedrales, de la elegancia y del imperio."

Robert James Waller


Mañana a esta misma hora, esteré en el fondo de una antigua casa, tratando de derribar un par de paredes que me separan de un pasado del que no tengo ningún recuerdo.


De mi niñez sé casi nada, sólo un par de veces paseando en un parque vacío, tomado de la mano de mi mamá. Lo demás está bastante confuso, me dicen que era hijo único, que me había criado sin mi papá y que había estudiado ingeniería. También escuché que se suponía que estaba casado, que tenía un par de hermanos y no tenía hijos. Se supone que la casa, en cuyo fondo hay un cuarto grande, como para poner un estudio, era la casa que había comprado para vivir con mi familia, pero tampoco de eso recuerdo gran cosa.


La noche antes de volver a la casa grande, dormí poco y soñé mucho. A veces, era una playa, otras un techo y alguna otra cosa que se deformaba a penas despertaba. Al fin se hizo de día y me levanté para ir a tratar de recuperar algo que no sentía que extrañara demasiado. De todas formas la mirada de mi mamá me decía que tenía que hacerlo, así que salí temprano rumbo al barrio norte.

Mientras entraba a la casa donde se suponía vería parte de mi pasado, trataba de poner atención a lo que me iba diciendo la mujer que iba a mi lado, que según había escuchado era mi esposa, pero a medida de que ella hablaba más extraño me parecía el hecho de que estuviera casado con ella. La miraba a los ojos y en el fondo de sus pupilas no leía mucho más que la desesperación de esta extraña situación. No veía recuerdos felices, ni un amor perdido, tampoco la ternura de un reencuentro. Traté de no decir nada. Creo que era injusto juzgarla, más aún si se considera que no recordaba conocerla. Talvez habría que pensar en un nuevo inicio y conocernos de nuevo, pero me costaba verla, sus palabras me sonaban como ruido y a veces hasta me dolía la cabeza cuando me hablaba. Lo que sí podía ver en su mirada, era la pena que le causaba mi confusión.

Siempre se espera que el amor se sobreponga a todo y que uno lleve guardado en el corazón a los que más queremos. Se supone que hay sentimientos que son invulnerables al tiempo e incluso a la muerte y sin embargo ahora estoy parado en el fondo de esa casa apretando mi puño con impotencia.

Después de mi visita a la casa grande, me devolví a la de mi mamá. Me fui sólo pensando en que no sentía nada, aunque había comenzado a recordar: Recuerdo que estaba en el fondo de la casa, la habíamos comprado recién. Yo era un ingeniero eléctrico y tenía mucho éxito; buen trabajo y todo me había salido siempre bien. Habíamos comprado esa casa, pero sabía que necesitaba muchos arreglos, entre ellos una nueva instalación eléctrica. Ese arreglo fue el que encargué primero, antes de mudarnos y ahora que ya nos estábamos instalando, yo miraba el cielo raso, revisando si todo había quedado en orden. Prendí la luz del cuarto del fondo y no funcionaba, la probé de nuevo y me di cuenta de que se encendía la luz de el cuarto del lado. Así que tome una silla y abrí un pequeño acceso que tenía el entretecho y me dispuse a revisar la instalación yo mismo. Pero acababa de llegar de mi trabajo y estaba con zapatos de vestir, así que cuando quise pasar de la silla al entretecho, me resbalé y caí pesadamente al suelo. Después de eso no recuerdo más.
Había encontrado mi recuerdo, pero nada de lo que se suponía debía sentir. Miré nuevamente hacía atrás y pensé que todo se había perdido.


De vuelta en casa, en el cuarto que había ocupado por un par de semanas, me quedé tendido, cerré los ojos y soñé. Estaba a orillas del mar preparando mi bote. Había mandado a alguien a tirar las redes, para recogerlas al otro día, sin embargo me avisaron que habían quedado mal puestas y debía ir a arreglarlas. Tomé un bulto con carnada, por si necitaba tirar las redes de nuevo y lo puse en el bote. No me cambié los zapatos, porque pensaba que no iba a demorar. Mientras una mujer me miraba con un chiquillo en brazos, yo comenzaba a empujar el bote hacía mar, salté adentro y comencé a remar. Volví mi cara hacía la playa y le hice un gesto de despedida a la mujer y en especial al niño, quien también levantaba su manito. Me adentré hacía el vasto océano y luego de algún rato, sin darme cuenta, me enrede con los zapatos y caí al agua y no volví a salir. Mientras descendía hacía la muerte, lo último que recordaba era al niño en brazos de la mujer y como levantaba su manito. Desperté mirando el techo.

Salí de la cama, me bañé, vestí y salí con rumbo a la casa grande. Sabía que ahi estaría la mujer que era mi esposa y también que luego llegaría un niño. Así fue, ella estaba ahí, sentada, con una mano en el vientre. Entré, la miré un momento y me fui al cuarto del fondo. Tomé la misma silla, la acerqué a la apertura del techo; ahora llevaba zapatillas, así que pude saltar fácilmente. Tenía que terminar lo que antes había intentado a lo menos dos veces.


Read More...

viernes, agosto 29, 2008

Por qué me fui II


De la feria a la casa de Flor hay sólo un par de pasos.

Caminé sin prisa, pensando en como reuniría mis cosas, en la nota para mamá (no creo que fuese a llorar, ella nunca lloraba), en Graciela y en un par de amigos. No pensé en Flor, ella siempre había sido buena vecina y Daniel siempre ha sido un buen tipo, por eso no me preocupaba. Aunque a veces me sentía incomodo con ella.

Cuando comencé a ir a su casa (Daniel, el marido, era compañero de la nocturna), hablé con ella, realmente lo hice. Le pregunté como estaba, que había hecho en el día y en que pensaba de esto o de aquello. Ella me miraba con un extraño brillo en los ojos como si estuviese a punto de llorar. Después de dos o tres diálogos parecidos, opté por no ir a su casa, a menos que estuviese Daniel.

Respecto a Graciela, pensé en ella mucho más que en nadie. Por aquel tiempo estaba enamorado, de hecho, era lo único que me había hecho dudar sobre irme. Pero ese día había considerado que debía buscar mejor suerte: "Volveré por ella, cuando sea otro. Cuando ella se sienta orgullosa de mi". Lo pensé de verdad, o al menos eso creía. Obviamente jamás volví, a estas alturas ya no tiene sentido preguntarme si le mentí cuando hice esa promesa o bien cambie tanto en el camino que en realidad cumplir mi palabra ya no tenía objeto. No dudo que era una buena mujer, hubiéramos sido felices juntos. Ella debe ser una buena esposa, no lo dudo, de hecho mamá me lo confirmó.

Volviendo a ese día, entré a casa de Flor, el pescado estaba listo y estaba acompañado de la forma que más me gusta, con ensalada de tomate. Flor agregó también varias rebanadas de pan amasado. Me senté a la mesa, di las gracias educadamente y comencé a comer. Tenía más hambre que nunca, así que casi no hablé mientras comía. La miré de reojo, parecía estar contenta.

-Muchas gracias, le quedó muy rico todo.

-¿Por qué me tratas de ud.? ¿Tan vieja soy?

-No, es que me parece lo más correcto. Pero no se preocupe por eso, no tendrá que enojarse más, porque hoy me voy para el norte.

Ella me quedó mirando un segundo y luego se giro hacía el lavaplatos.

-¿Por qué te vas?- Me pregunto dándome la espalda-.

-Ud. sabe, acá no hay mucho más que pueda hacer. Le agradezco por todo, se han portado muy bien conmigo. Salude a Daniel, no creo que alcance a despedirme de él. Ha sido un gran amigo y es un muy buen hombre.

- Bueno. Lo saludaré. Tú, ¿me vendrás a ver? ¿Me echaras de menos?

-Sí, los echaré mucho de menos.

-Si claro, nos echaras de menos. Lleva un pan para el viaje.

-Gracias, espero no haber molestado. Adiós.

No supe nada más de ella y su marido. Pero supongo que ya me olvidó. Siempre todo se olvida.

Subí hasta mi casa. Tomé un bolso no muy grande, guardé mis cosas, no muchas, pero si me llevé los libros verdes, me había costado mucho juntarlos, así que no los iba a abandonar. Escribí la nota para mamá, tomé el bolso y salí de la casa.

Bajé donde Graciela, hablamos, prometimos, creímos y lloramos. Luego me fui al terminal y de eso han pasado diez años.

Hoy volví a mirar el mar donde crecí y la playa donde trabajé por tantos años. Evoqué recuerdos, amigos y a Graciela. En un segundo se me inundaron los ojos de lágrimas. Pero cuando reflexioné, descubrí que era la sensibilidad de mi actual pérdida y en la pena que ahora siento no tenía mucho que ver con recuerdos del pasado. Flor, Graciela, Daniel, la feria y la playa eran parte de un nebuloso ayer, no son más que recuerdos, no hay un solo sentimiento vivo de aquéllos días. Eso me puso un poco triste. Pero también me dio cierto alivio el saber que la decepción que me llevó a este inútil viaje de rencuentros moriría, al cabo de un tiempo olvidaría todo. El dolor de hoy, sería archivado junto a otras tantas viejas fotos.

Read More...

jueves, agosto 21, 2008

Por qué me fui I

Caminaba por la costanera y miraba como volaban las gaviotas sobre el agua. Era un día gris, las nubes gruesas amenazaban con terminar mi paseo en cualquier momento, pero no iba a apurar mi visita a la playa por un detalle como ese. Había comido bien, en un restaurante agradable que conocí en otra época. Me quedé mirando la arena, estaba bastante limpia para ser invierno, no se veían las tradicionales bolsas volando por el viento, ni la basura desparramada por todos lados.
Generalmente en playas turísticas en etapa no estival, no limpian demasiado. Extrañamente había un pequeño carrito que vendía pan amasado y café. Pedí uno bien cargado y busqué una banco para disfrutar del momento. Hace tanto tiempo que no estaba frente a ese mar, que no sentía el sabor de la sal en mi boca y que no miraba la isla que se dibujaba en el horizonte, que sentí como se me inundaban los ojos, pero me resistí a llorar. El café mezclado con la melancolía, tuvo un sabor amargo, eran muchos los recuerdos que se me venían a la cabeza y no sabía por donde empezar. El último invierno en el que estuve en esa playa, trabajaba vendiendo pescado que traía Miguel en su bote, lo sacaba en un canasto y lo llevaba a un mostrador, donde con una habilidad ya perdida, limpiaba congrios, merluzas y pejerreyes. Vendía rápidamente lo que compraba a Miguelito, aseaba mi puesto, cargaba la tarima y la guardaba en la bodega de don Germán, que tenía una casa cerca de la playa. Guardaba un par de pescados, los ponía en una bolsa y me iba a casa de Flor.

Subía el cerro rápido, pero una vez que llegaba a la casa, me quedaba dando vueltas ante la puerta. Me daba vergüenza pedir que me ayudaran a cocinar, porque en la casa no había nadie. Talvez podría hacer fuego en la casa y hacer de comer allá, pero comer solo me daba pena. Al final siempre entraba y me quedaba pegado en el dintel de la puerta de la cocina, con mis ojos fijos en mis zapatos. Florcita me sentía llegar, se giraba y mientras se reía, alargaba su brazo, como señal de que le pasara la bolsa.
- Hágame dos no más, los otros dos son para ud. y su marido- Decía yo.
- ¿Tu mamá no ha vuelto del campo? Mirando hacía el fuego, tratando de ser inexpresivo contestaba- Supongo que llega mañana, para ir a la feria el viernes-.
-Ah. Bueno siéntate a descansar mientras te frío los pescados.
- No se preocupe, voy a la feria, antes que la levanten.
-Bueno, anda no más.
Salí caminé un par de calles y encontré el puesto que buscaba. Eran libros, esos verdes, la Historia Universal de Carl Grimberg, los que a mi me gustaban. Todas las semanas compraba al menos un tomo. Esa semana compré el tomo 30, me senté en la vereda, me compre un café y me puse a leer un rato. Algunos me miraban con cara rara, otros me saludaban, porque me conocían de la playa.
Me dolían un poco las rodillas y las manos se me partían con el frío. Me miré la yema de los dedos y suspiré recordando lo que tenía que hacer: Limpiar la casa, pagarle a Miguel, pagar lo fiado donde "la Pulpa" y después me tenía que ir a la escuela nocturna.
En ese momento supe que tenía que irme de esa ciudad.

Read More...

sábado, junio 21, 2008

R. Daneel


R. Daneel Olivaw es un personaje de dos series de novelas de ciencia ficción, ambas escritas por Isaac Asimov. La primera serie es la de los Robots, la que consta de cuatro libros: "Las Bovedas de Acero", "El Sol Desnudo", "Los Robots del Amanecer" y "Robots e Imperio". La segunda serie es la de la Fundación, pero no la serie original, sino la extendida que se publicó a partir de 1982. Aparece en "Los Limites de la Fundación", "Fundación y Tierra", "Preludio a Fundación" y "Hacía la Fundación". R. Daneel, en el universo de Asimov, es un robot construido por un cientifico de un mundo de inmigrantes humanos, que ha renegado de sus orígenes. R. Daneel aparece representado como un robot con forma humana y con una gran inteligencia. Comprende las emociones humanas, pero adicionalmente tiene las infinitas facultades que les da su cerebro robótico.En sus primeras apariciones acompaña a un humano llamado Elijah Baley a quien ayuda en la solución de varios casos en diversos mundos. Posteriormente adquiere facultades mentales, las que le son transmitidas por su colega y "amigo" el robot Giskar Reventlov, cuando este último deja de funcionar debido a una decisión crítica que debió tomar. Estas facultades mentales le permiten influir en las emociones de las personas y modificarlas a su voluntad. Con estas facultades influye en la historia de la Galaxia durante 20.000 años. Contribuye a la construcción de una ciencia estadística denominada psicohistoria, en colaboración con el matemático Hari Seldon. También asume personalidades diferentes como Hu Min y Eto Demerzel y el cargo de Canciller del Emperador Galáctico en un momento crítico de la historia de la humanidad. Colabora en el establecimiento de la Fundación y en la creación del superorganismo planetario Gaia, en el que todo animal, planta y mineral de este planeta participan de una conciencia común, formando una super-mente que trabaja conjuntamente para el bien común.

El último libro en el que aparece es "Fundación y Tierra", historia en que le da los últimos toques a su plan de transformar a la galaxia en un superorganismo conciente a la manera de Gaia, con lo que acabaría con las interminables guerras entre los seres humanos.
Ese es R. Daneel de quien he tomado mi nik, espero que les sea interesante.

Read More...

jueves, mayo 29, 2008

Ojos sin rostro


Pasaba cerca de la casa amarilla, una que estaba en la subida del cerro, frente al mar. Esa casa era de dos pisos y el piso de arriba tenía tres ventanas. En la última ventana de izquierda a derecha en las tardes se escuchaba un piano. Yo me quedaba mirando hacia arriba, la melodía era una de esas de Chopin y combinaba bien con la tarde de verano. En esos instantes, sentía que me podía quedar un rato sentado en la bereda y se me calmaba algo el dolor de mi pierna. Así era, me aliviaba mejor que una dosis de morfina.La música paró de repente, vi como tímidamente una silueta se asomaba fugazmente por un costado de la ventana, sólo alcancé a ver un mechón de pelo rojo y unos ojos que brillaron con la luz del foco del alumbrado público que daba junto a su ventana. No vi nada más, ni rostro, ni silueta.

Eso era todo por hoy, así que me paré y giré la llave de la puerta de mi casa y entré. Miré los sillones vacíos y la casa llena de polvo. Prendí la cocina y calenté café. Me senté un rato frente a la ventana para ver si se veía el mechón rojo en la ventana de la casa verde, pero no vi nada. Apuré el último trago de la taza y me fui a dormir. Soñé, como no lo hacía hace meses. Vi una playa larga y me vi corriendo por la orilla del mar y luego me sentaba y veía una silueta dibujada contra el sol del atardecer, no veía el rostro, sólo unos ojos claros y un mechón de pelo rojo. En eso me acerqué y me hice una visera con mi mano y alcanzaba a atisbar una sonrisa, pero de repente sentía un pinchazo en mi pierna, bajaba la vista instintivamente y al levantarla, ya no había nada.

Me desperté, eran ya las 6:00 am y debía partir, me esperaba una larga jornada haciendo clases en un liceo de la ciudad.

Estuve toda la mañana con el dolor de la pierna, pero lo único que me daba fuerzas para el día era que llegaría a casa, me sentaría en la bereda y escucharía el sonido del piano. Al fin salí del trabajo y partí a casa. Sin embargo cuando llegué la ventana del segundo piso, la última de izquierda a derecha, estaba cerrada y la cortina ocultaba su interior.

Pasaron los días y no veía a nadie en la casa verde, sólo de vez en cuando a un hombre de barba gris que se paseaba inquieto en él comedor de la planta baja.

Mi dolor era ya insoportable y sólo dormía después de tomar media botella de whisky. El trabajo se me hacía imposible y pasaba noches enteras en la ventana, mirando la casa vecina, mientras caía la lluvia y comenzaba el frío.

Lo último que recuerdo, fue cuando el tipo de barba gris corría las cortinas y ponía un cartel que decía "Se vende esta propiedad". Mi pierna me dolía más que nunca, mientras el dueño de la casa verde bajaba por el camino hacía el centro, protegido por un paraguas. Yo salí a la calle, miré hacía la playa y supe que debía hacer. Caminé hacia el muelle, el que estaba cerca de los roqueríos, me apollé en el borde, mientras la lluvia caía y el viento rugía. En las olas, navegué al fin sin dolor, mientras me destrozaba contra las rocas.


Read More...

jueves, mayo 15, 2008

Campamentos



Algo me ha resultado difícil en mi vida en Santiago es la nula oportunidad de salir de campamento que existe en esta ciudad. No sé si será por la gente con la que me junto, que es más bien cómoda y citadina o si es porque no es una costumbre arraigada, el caso es que nunca en estos diez años he acampado con gente de Santiago. Es más las pocas veces que lo he vuelto a hacer (tres, si no me falla la memoria) lo he hecho con amigos de Coronel (dos veces) y con mi familia (una vez).

La última vez que fuimos de campamento fue para el fin de año del 2006, con mi familia. Fue bastante corto el asunto sí, ya que sólo estuvimos una noche en un camping frente a Playa Blanca, a medio camino entre Coronel y Lota. Aun así fue una noche agradable. Un asado, tragos varios y un corderito al palo de desayuno. Como para repetirlo.

Sin embargo el mejor momento en campamento que viví fue en el lago Maihue, en la hoy Región de Valdivia.

El asunto fue más o menos así: Con un grupo de 6 amigos de Coronel partimos desde Concepción y viajamos en bus hasta Valdivia. Allí tomamos una micro hacia el interior, específicamente hasta Futrono, que es un pueblo pequeño pero muy bonito a unos 50 kilometros de Valdivia. La idea era llegar a una localidad aún más pequeña, en la que uno de los viajeros había reservado un sitio a la orilla de un río. El lugar se llama Lliffen, ahí llegamos la tarde de un lunes, armamos el campamento y lo que vino luego fue...esperar que pasara la lluvia que caía como si despedazaran el cielo. Por tres días no quedamos mirando el cielo, saliendo lo justo desde la carpa y vigilando las nubes comentando las posibilidades de que por fin el cielo diera una tregua.

Los pocos ratos en que en esos tres días no llovió, fuimos a pescar a un lago que estaba a unos 10 minutos de camino, obviamente sin pescar nada, o bien escuchando como a lo lejos caía una cascada a cerca de 20 kilómetros de nuestro campamento. El silencio era impresionante y permitía un lujo como ese.

La cosa a pesar del bello paisaje pintaba para un desastre, ya que la lluvia no dejaba de caer. Así que al tercer día quien aparecía como el líder de la expedición nos propuso dos opciones:

1.- En vista del estado del tiempo nos devolviésemos con la cola entre las piernas a Coronel.

2.- Arrendáramos un furgón y subíamos más hacia la cordillera, a un lago llamado Maihue, con la esperanza de que el tiempo mejorara.

El valiente grupo, incluido yo, se decidió por la segunda opción. Fue así que levantamos el campamento, en medio de una lluvia algo más suave, cargamos nuestras cosas en un furgón medio destartalado que nos llevaría hacía nuestro nuevo destino. El cacharro no daba confianza, pero bueno, son las reglas de la aventura.

Lo que vi en el trayecto de Lliffen a Maihue hizo que valiera la pena todo el viaje. El camino hacía la precordillera estaba lleno de paredes rocosas casi verticales y gracias al agua que caía se habían formado unas cascadas que bajaban por esas paredes y que sólo durarían mientras cayera la lluvia. Mientras ascendíamos, el camino se salpicaba por columnas de agua en medio de un verde sobrecogedor.

Mientras viajábamos el chófer nos contaba de sus aventuras por la región. Alguien, no sé por qué, preguntó si en esa región abundaban los jabalíes.

-Sí- Dijo nuestro chófer y guía- Pero en esta época no bajan al lado del camino, porque como es verano se arrancan del ruido.

- Como los cazan?

- Lo más seguro es usar huachis (trampas de alambres), porque si no le apuntas bien con una escopeta se te van encima y son muy peligrosos. Tienen la cabeza tan dura, que las balas les rebotan.

Seguimos subiendo hacía el lago Maihue hasta que llegamos cerca de unos 20 kilómetros de la frontrera con Argentina y ahí rodeado de cerros, en el fondo de un valle, estaba el lago. La vista era sencillamente increíble, hacía el fondo dos montañas nevadas, unas cuantas casas desparramadas en los alrededores del lago.

Montamos las carpas y mientras seguía lloviendo, buscamos leña relativamente seca para tratar de encender una fogata. La lluvía era suave, pero si caía constantemente. Uno de mis amigos miraba escépticamente como nuestro "líder" con una paciencia a toda prueba soplaba y soplaba la leña medio húmeda, agregando trocitos de papel y pasto o corteza de árbol medio seca para encender el fuego. Así por casi una hora, hasta que ocurrió el milagro!!! Una gran hoguera se encendió y nosotros protegidos por el calor y unos árboles más o menos cercanos que impedían que lo peor de la lluvia nos mojara al fin sonreímos contentos.

Comenzó a caer la noche mientras tomábamos café y al fin cesó el aguacero. A la orilla del lago con un cielo estrellado hasta decir basta, tres de nosotros nos reunimos alrededor de una radio, con un tazón de sopa, escuchando en una emisora AM un partido de fútbol. Fui muy feliz en ese momento con el abrigo del fuego y el brillo de un millón de estrellas reflejadas en las cristalinas aguas del Maihue y la compañía de dos buenos amigos.

Al otro día compramos varios kilos de carne a unos lugareños que había faenado un vacuno ese mismo día. Mientras la carne se salaba y reposaba, nos fuimos a la orilla del lago a pescar y sacamos dos truchas que hicimos al palo. Luego vino el asado y la siesta bajo los árboles.

Al otro día partimos, yo no quería irme y pensaba en seguir en viaje por una semana más hacía el sur, eso hasta que me senté en el bus hacía Valdivia, ahí con el relajó me vinieron dolores por todo el cuerpo y supe que debía volver a casa.

Read More...

jueves, abril 17, 2008

Vacaciones III

Tomé un bus semi cama y me dispuse a viajar.
Sin embargo, a pesar de que no tuve molestias mayores durante el viaje, no me sentía cómodo.
Pero no tenía dolores, ni me sentía afiebrado, ni decaído, pero ocurría algo extraño: sudaba mucho todo el viaje. No hacía demasiado calor en el bus, ni me sentía con fiebre, pero aun así mi polera quedó empapada de sudor.
Pensé que eso no era normal, así que en cuanto llegué al terminal de buses de inmediato tomé un taxi hacía la Posta Central. Ahí pagué la atención, me dirigí a una antesala que clasificaba a los enfermos de acuerdo a su gravedad. La enfermera a cargo me midió la saturación de oxigeno y la presión arterial y me derivó a la unidad de los pacientes menos graves, ya que estaba en rangos normales. Tuve la fortuna de que me atendieran casi de inmediato. Me ordenaron una radiografía y un examen de sangre. La radiografía mostró algunas exacerbaciones en los pulmones, pero de menor importancia, lo que sumado al hecho de que no tenía fiebre y mi saturación de oxigeno era normal, indicaba que podía tener una infección leve. Por ello se me planteo que dependiendo del examen de sangre me podría ir a la casa con antibióticos y control en el hospital donde me trataba. Infectado estaba, ya que la sudoración era una forma de fiebre según me indicó la médico. Sin embargo el examen de sangre, indicó un conteo de leucocitos de 17.000 unidades (lo normal va de rangos de 5.000 a 9.000), lo que sumado a otros indicadores apuntaban a una infección activa. Con exámenes tan alterados, no me podía ir.
Así fue como me dejaron hospitalizado en un box desde el viernes 7 al lunes 10 de marzo, sin visitas, sin teléfono, sin radio y acostado en una camilla, sin poder dormir. Claro está que si uno está en una camilla, en un box de urgencia, donde llegan pacientes todo el día y toda la noche y nunca se apaga la luz, ni cesa el movimiento es imposible descansar.
De los Médicos de la Posta no puedo decir nada, su calidad profesional es incuestionable. Pero la indignidad de estar en esas condiciones supera lo que cualquier persona debe vivir. Acepto que hay situaciones de emergencia en que no hay más opción, sin embargo creo que tres días en una camilla, en un box, sin poder hacerme un aseo y sin poder ir al baño supera la tolerancia de cualquier ser humano.
Finalmente el día martes en la mañana fui trasladado al Instituto Nacional del Tórax, donde estuve otros 9 nueve días. El tratamiento en Concepción había sido insuficiente y darme de alta sin exámenes de control fue una irresponsabilidad. Afortunadamente, llegué en relativo buen estado a Santiago y acudí de inmediato a la Posta, así que pude tratarme y recuperarme a tiempo.
Las conclusiones acerca de mi salud fueron:
-Que para el tipo de lesiones pulmonares, si se presenta una infección un tratamiento antibiótico debe ser fuerte y prolongado, de alrededor de 21 días en total.
-Debo tener sesiones con kinesiólogo 2 veces por semana.
-Debo tomar tres clases de inhaladores diarios.
-Debí vacunarme contra la gripe y la neumonía, además de evitar resfríos.
Las conclusiones sobre el sistema de salud son:
- Mientras más lejos del centro, peor es la atención y esto debe costar cientos de vidas.
- Existe crisis hospitalaria y es grave.
- Lo anterior lleva a situaciones indignas, como la que yo viví y que se deben repetir todos los días.
Ojalá que alguien lea esto y se sensibilice con este desastre, ya que ayer fui yo, quizá mañana serás tú.

Read More...